La Federación Venezolana de Fútbol (FVF) volvió a mover el tablero y, en medio de un contexto de incertidumbre, anunció que Oswaldo Vizcarrondo asumirá como director técnico interino de la Vinotinto para los amistosos de octubre.
A primera vista, la noticia parece un premio a su exitoso trabajo en las categorías juveniles, pero cuando se analizan los tiempos, los objetivos y las exigencias de la selección absoluta, la decisión se siente más como una jugada improvisada que como una estrategia bien pensada.
🕰️ Un nombramiento que llega con reloj en contra
Vizcarrondo llega a este interinato con el mérito de haber llevado a la selección Sub-17 a clasificar a un Mundial y de consolidar un proceso competitivo que despertó esperanza en las divisiones formativas. Su nombre no surge de la nada: ha trabajado, ha demostrado capacidad y ha obtenido resultados en contextos donde las limitaciones logísticas y económicas suelen ser la norma.
Sin embargo, pasar de las categorías menores a la selección absoluta es un salto que exige mucho más que conocimiento de fútbol. La diferencia entre dirigir a adolescentes en formación y liderar a un grupo de profesionales con carreras consolidadas es abismal. El vestuario de una selección mayor reúne a jugadores experimentados, con rodaje internacional, que están acostumbrados a competir en ligas de alta intensidad y a trabajar bajo la guía de entrenadores con trayectoria probada. Ganar su respeto, no solo en lo personal sino en lo táctico, es una tarea que demanda años de experiencia y una autoridad que no siempre se construye en semanas.
⚠️ Riesgos que pueden costar caro
El problema de este nombramiento no radica en la capacidad de Vizcarrondo como formador, sino en el contexto en el que se da su ascenso provisional. La Vinotinto atraviesa un momento en el que cada partido, incluso los amistosos, se evalúa con lupa. Los amistosos de octubre no son simples encuentros de preparación: son vitrinas para medir el estado del proyecto, para enviar mensajes a la afición y para reforzar —o debilitar— la credibilidad de la Federación.
Nombrar a un técnico interino con experiencia casi exclusiva en juveniles implica varios riesgos:
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Salto de exigencia: La selección absoluta exige un manejo táctico y psicológico de alto nivel. Enfrentar a rivales internacionales, incluso en amistosos, significa medirse a selecciones con procesos maduros, entrenadores consolidados y jugadores que interpretan el juego con velocidad e inteligencia. Cualquier desajuste se paga caro.
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Tiempo insuficiente para trabajar: Un interinato de semanas no permite implementar un sistema de juego, consolidar automatismos ni evaluar a fondo nuevas piezas. Lo más probable es que los partidos se jueguen con ideas improvisadas, más cercanas a la administración de la plantilla que a un verdadero plan táctico.
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Liderazgo en un vestuario complejo: Convencer a un grupo de profesionales experimentados no se logra solo con carisma o pasado como jugador. Se necesita una autoridad técnica que respalde las decisiones, y esa autoridad, en el contexto de una selección nacional, suele construirse a través de resultados o trayectoria.
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Desorden en el proyecto a largo plazo: Cada interinato deja huellas. Si los amistosos se plantean con una visión distinta a la del próximo seleccionador definitivo, las conclusiones deportivas pueden quedar en el aire y los jugadores podrían sentirse en un limbo entre estilos y prioridades.
🌱 La otra cara de la moneda: oportunidad en medio del riesgo
Además, los amistosos no suman puntos oficiales, lo que da margen para probar jugadores, observar variantes tácticas y darle rodaje a talentos que buscan consolidarse. Si los resultados acompañan, Vizcarrondo puede salir fortalecido, tanto en su imagen pública como en su autoridad dentro de la estructura de selecciones nacionales.
🔍 Afinidad táctica: ¿más cerca del estilo Páez o del estilo Farías?
En este debate sobre riesgos y oportunidades surge una pregunta inevitable: ¿con cuál estilo parece tener mayor afinidad Vizcarrondo?
Si se toman como referencia los dos grandes modelos de la historia reciente de la Vinotinto —el juego ofensivo, de posesión y presión alta de Richard Páez frente al bloque bajo, la transición rápida y el contragolpe de César Farías—, el perfil del actual interino parece inclinarse más hacia la escuela Páez.
Su trabajo en las juveniles ha dejado pistas claras: equipos que buscan construir desde el mediocampo, que intentan progresar con circulación paciente y que apuestan por recuperar la pelota con presión organizada. Esta filosofía encaja con el biotipo del futbolista venezolano, que históricamente ha destacado más por su capacidad técnica y su creatividad que por el juego directo o el choque físico constante.
Esto no significa que Vizcarrondo renuncie a la intensidad defensiva o a los momentos de repliegue, pero sí deja entrever que su idea de fútbol parte de un principio de protagonismo con el balón. Si ese sello se traslada a la selección absoluta, los amistosos de octubre podrían ser el primer ensayo de una propuesta que mira hacia el futuro y que dialoga con la identidad que muchos aficionados reclaman: una Vinotinto que busque ganar desde el juego, no solo desde la resistencia.
🎯 Transición o improvisación: el dilema de la FVF
La pregunta de fondo no es si Vizcarrondo tiene potencial, sino si la FVF está tomando decisiones con visión de futuro o simplemente apagando incendios. La selección absoluta necesita estabilidad, planificación y una identidad clara. Cada interinato improvisado debilita esa idea de proyecto y alimenta la percepción de que la dirigencia actúa a la defensiva, más preocupada por salir del paso que por construir un plan sostenible.
Si los amistosos de octubre terminan en derrotas o en un rendimiento pobre, la federación quedará expuesta a críticas por haber puesto a un técnico joven en una posición de altísima exigencia sin el respaldo necesario. Y lo más preocupante: el propio Vizcarrondo, que venía ganando respeto en el ámbito juvenil, podría ver afectada su reputación por un escenario que no le corresponde.
Por el contrario, si los resultados son positivos, el interinato quedará como una anécdota que alimenta su experiencia y refuerza la narrativa de que en Venezuela sí hay entrenadores formados en casa capaces de asumir grandes retos.
💡 Conclusión: un lazo de regalo que esconde una prueba de fuego
El nombramiento de Oswaldo Vizcarrondo como interino es un lazo de regalo que puede esconder una bomba de tiempo. Para él, representa una vitrina y una prueba que puede impulsar su carrera o llenarla de dudas prematuras. Para la FVF, es un movimiento que evidencia la falta de planificación y la urgencia por llenar un vacío que debería haberse resuelto con más claridad.
Y aquí es donde quiero ser tajante: no es de mi agrado que se acelere el proceso de Vizcarrondo. Su crecimiento en las juveniles es valioso y merece madurar sin la presión inmediata de resultados en la absoluta. Quemar etapas por necesidad administrativa no solo puede frenar su desarrollo, sino también afectar el trabajo de base que tanto costó consolidar.
Ahora bien, si este movimiento termina convirtiéndose en el punto de partida para el próximo ciclo de la Vinotinto, la FVF tiene la obligación de buscar un entrenador definitivo que comparta la misma escuela de juego que Vizcarrondo. No se trata de nombres ni de nacionalidad, sino de mantener una identidad: un fútbol que priorice la construcción, la presión organizada y el protagonismo con el balón. Cualquier ruptura con esa línea sería retroceder y desperdiciar lo poco que se ha avanzado en la búsqueda de un estilo propio.
La Vinotinto necesita algo más que parches temporales; necesita coherencia, continuidad y valentía para apostar por una idea de juego que conecte con el talento del futbolista venezolano. De lo contrario, este interinato no pasará de ser otra improvisación en la larga lista de oportunidades perdidas.